SANTO DOMINGO.- El juez Rigoberto Sena emitió reflexiones severas al ordenar el envío a prisión de diez imputados vinculados al caso SeNaSa, un proceso que investiga un presunto entramado de corrupción que habría afectado de manera directa la salud y los recursos de millones de dominicanos.
Una de las expresiones utilizadas por el magistrado encuentra un eco profundo en las enseñanzas bíblicas. En 1 Timoteo 6:10, la Biblia advierte: “Porque raíz de todos los males es el amor al dinero, el cual, codiciando algunos, se extraviaron de la fe y se traspasaron con muchos dolores”.
El texto no condena el dinero en sí mismo, sino el deseo desmedido y la avaricia, que conducen a la pérdida de valores, al sufrimiento humano y a la degradación moral.
Desde esta perspectiva, el tribunal dejó claro que el dinero, como herramienta, no es intrínsecamente malo; por el contrario, puede servir para hacer el bien y promover el desarrollo social.
Sin embargo, cuando el afán de enriquecimiento se impone sobre la ética, la legalidad y la dignidad humana, se convierte en el detonante de conductas criminales que afectan a toda la sociedad.
Esta reflexión también remite a la célebre parábola de León Tolstói, “Cuánta tierra necesita un hombre”, citada por Sena en su decisión, una obra que expone con crudeza las consecuencias de la ambición desmedida.
En ella, Pajom, un campesino insaciable, persigue cada vez más tierras hasta que su codicia lo conduce a la muerte, descubriendo al final que la única tierra que realmente necesitaba era la de su tumba.
Tolstói concluye que la felicidad no se encuentra en la acumulación material, sino en la moderación y la rectitud de vida.
Al hacer esta analogía, la motivación de Rigoberto Sena trasciende lo estrictamente jurídico y coloca el caso SeNaSa en un plano ético y social más amplio.
El tribunal subrayó que los hechos imputados no solo constituyen posibles infracciones penales, sino que representan un atentado grave contra la confianza pública y contra el derecho fundamental a la salud de más de 7.5 millones de dominicanos, muchos de ellos en condiciones de vulnerabilidad.
En ese contexto, el juzgador consideró que la gravedad del daño social, la magnitud del presunto entramado y la naturaleza organizada de los hechos justifican la imposición de medidas de coerción privativas de libertad, rechazando los alegatos de las defensas basados en arraigos personales, arrepentimiento posterior o condiciones de salud no debidamente acreditadas.
Así, la decisión judicial no solo se erige como una respuesta procesal frente a un caso de alto impacto, sino también como una advertencia clara: cuando el amor desmedido al dinero se antepone al bien común, sus consecuencias no solo se miden en cifras, sino en sufrimiento humano, pérdida de valores y profundas heridas sociales.
A ello se suma la filosofía estoica de Epicteto, cuando explica que solo nos pertenece aquello que podemos controlar: nuestras emociones, impulsos y nuestro mundo interior. En cambio, todo lo externo a nosotros, entre ello lo material, nos es ajeno y no depende de nuestra voluntad.


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