Estados Unidos y Arabia Saudita firmaron este miércoles un acuerdo de cooperación nuclear civil que abre la posibilidad de que el reino construya su propia planta de enriquecimiento de uranio, en una decisión que rompe con los estándares de no proliferación que Washington había aplicado en la región y que llega en medio del conflicto armado que el propio gobierno de Donald Trump sostiene contra Irán para desmantelar el programa nuclear de Teherán.
El secretario de Energía de Estados Unidos, Chris Wright, y el ministro de Energía saudita, el príncipe Abdulaziz bin Salman, suscribieron el denominado “acuerdo 123” —en referencia a la sección 123 de la Ley de Energía Atómica de 1954, que regula la transferencia de tecnología nuclear estadounidense al exterior— junto con un “acuerdo bilateral de salvaguardias”. El convenio tiene una vigencia de 30 años, involucra a empresas estadounidenses en el desarrollo del programa atómico civil saudita y deberá ser remitido al Congreso para su revisión.
Wright sostuvo que el pacto “mantiene los más altos estándares de seguridad nuclear y no proliferación”. El secretario de Estado, Marco Rubio, afirmó desde Filipinas que Washington no alcanzará ningún convenio que conduzca “al riesgo de proliferación”. Ninguno ofreció detalles sobre los mecanismos de verificación previstos, y esa ausencia es lo que preocupa a los expertos.
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Según fuentes con conocimiento directo de la decisión consultadas por AP, el acuerdo no incluye el Protocolo Adicional del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), el instrumento que permite inspecciones más amplias para verificar que el material nuclear no se desvía hacia usos militares. Alexander Bollfrass, experto del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos de Londres, calificó el pacto de “revolucionario” en sentido crítico: Estados Unidos estaría dispuesto a transferir tecnología altamente sensible “sin el mismo nivel de supervisión que uno esperaría”, según declaró a AP.
Banderas de Estados Unidos y Arabia Saudí ondean a lo largo de una autopista de Riad, captadas a través del cristal de un coche, antes de la llegada del presidente estadounidense Donald Trump a Riad, Arabia Saudí, el 12 de mayo de 2025.
El punto de comparación más inmediato son los Emiratos Árabes Unidos, que en 2009 firmaron su propio acuerdo 123 con Washington para construir la planta nuclear de Barakah, pero renunciaron expresamente al enriquecimiento de uranio. Ese modelo ha sido considerado por los especialistas como el “estándar de oro” para los países que buscan energía atómica sin generar sospechas de ambiciones armamentistas. Arabia Saudita ha resistido históricamente cualquier cláusula que le obligue a renunciar al ciclo completo del combustible nuclear.
Ese rechazo tiene un respaldo declarado. El príncipe heredero y gobernante de facto del reino, Mohammed bin Salman, afirmó públicamente que Arabia Saudita buscaría desarrollar armas nucleares propias si Irán llegara a obtener una bomba atómica. En septiembre de 2025, Riad y Pakistán —potencia nuclear— suscribieron un pacto de defensa mutua, y el ministro de Defensa pakistaní, Khawaja Mohammad Asif, declaró que el arsenal de Islamabad “estará disponible” para Arabia Saudita si fuera necesario, una señal dirigida a Israel, considerado el único Estado con armas nucleares en Medio Oriente.
El enriquecimiento de uranio no equivale automáticamente a la fabricación de armamento, pero constituye el umbral técnico que separa un programa civil de una capacidad de weaponización latente. Rosemary Kelanic, directora para Medio Oriente del centro de análisis Defense Priorities, advirtió que esa capacidad podría otorgarle a Riad “una potente fuente de influencia para extraer concesiones futuras de Washington”. El acuerdo también beneficiaría a Westinghouse, el fabricante de reactores al que la administración Trump destinó préstamos por 17.500 millones de dólares para construir diez nuevas plantas en territorio nacional.
El convenio entra en vigor salvo que una mayoría con poder de veto en el Congreso apruebe resoluciones conjuntas de rechazo. Si prospera, consolidará una arquitectura de seguridad nuclear en Medio Oriente radicalmente distinta a la que Washington ha defendido durante décadas.




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