“El hecho de que en una falla se esté liberando energía lentamente puede ser el comportamiento de esa misma falla, pero fallas hay muchas. Hay varios sistemas de fallas que uno no ve en la superficie y que se expresan justamente a través de los sismos”.
Por tanto, la ocurrencia de temblores menores no garantiza la ausencia de terremotos mayores.
La explicación técnica apunta a la ubicación de El Salvador sobre una zona de subducción, donde la placa de Cocos se introduce bajo la placa del Caribe a una velocidad de siete centímetros al año.
Este fenómeno genera tanto sismos superficiales como profundos, algunos de los cuales pueden provocar tsunamis. Hernández recuerda el evento del 26 de agosto de 2012, cuando un sismo de magnitud 7.3, registrado como “lento” y no sentido por la población, generó un pequeño tsunami en la zona de La Libertad y en la Isla de Méndez.
En cuanto a la comparación con los recientes sismos en Venezuela y Colombia, Hernández aclara que los contextos tectónicos difieren considerablemente.
El doblete sísmico en Venezuela se produjo sobre un margen de placa transcurrente, donde las placas chocan y se deslizan horizontalmente. “En Venezuela estamos hablando de un margen transcurrente en donde las placas chocan y definen un sistema de fallas que se mueven de una manera horizontal”, explica el geólogo.
El caso de Colombia resulta más cercano a la experiencia salvadoreña, ya que ambos países se sitúan sobre zonas de subducción con actividad sísmica recurrente.
En Colombia, el reciente sismo tuvo lugar por el hundimiento de la placa de Nazca bajo la placa Sudamericana, a una profundidad de 110 kilómetros.
“El mecanismo de subducción es que la placa de Nazca está subduciendo por debajo de la placa de Sudamérica. Ese tipo de actividad y de fricción también define que la corteza que está subducida (hundida), aún rígida, tiende a quebrarse”, detalla Hernández.
En El Salvador, la dinámica es semejante, aunque involucra placas diferentes. “Estamos frente a una zona de subducción de la placa de Cocos que se mete por debajo de la del Caribe. Un margen convergente define zonas de compresión y en algún momento el almacenamiento de energía elástica se va a liberar”, sostiene el docente de la UES.
El país no solo enfrenta amenazas por terremotos. La interacción entre sismicidad y vulcanismo es parte de la realidad local.
Hernández recuerda que tras el terremoto del 13 de febrero de 2001, la actividad del volcán de Santa Ana se incrementó, desembocando en una erupción cinco años después. Este fenómeno se repite en otras regiones con zonas de subducción activa, como el Pacífico suramericano.
La percepción de riesgo en la sociedad salvadoreña se ha modificado con el acceso a la información. Hernández advierte sobre la proliferación de contenido alarmista en redes sociales y subraya la importancia de recurrir a fuentes oficiales como el Ministerio de Medio Ambiente y Protección Civil. “No significa que hay más sismos, significa que hay más información. Pienso que no toda la información es correcta y debería haber una ley que clasifique la información”, declara.



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